Felipe y los muertos vivientes

La entrevista de Juanjo Millás (no le conozco de nada más que de admirar su escritura, pero me pone llamarle Juanjo) a Felipe González es agotadora. Es como leer “En busca del tiempo perdido” o el “Ulises” de Joyce. Ya advierte de ello el entrevistador en sus palabras de introducción: Felipe (también me pone llamarle así) cada vez que abre la boca dice algo, no parece un político. Y las cosas que dice son demoledoras, y uno tiene que retroceder, leerlas dos veces, volver a leer la pregunta que las ha motivado y concluir que, en efecto, se puede estar o no de acuerdo con su acción política cuando presidió el gobierno (yo no siempre lo estuve) pero lo que no se puede negar es que era y es una de las mentes políticas más valiosas que en todos los tiempos ha dado España. Cuando la caverna deje de controlar los grandes grupos de comunicación, el legado de Felipe brillará con justicia como referente de una de las etapas más presentables y brillantes en la tenebrista (no digo tenebrosa, cuidado) historia reciente de España. A lo mejor cuando ello suceda,  la sociedad española incluso pide disculpas a José Barrionuevo y Rafael Vera, las principales víctimas de “la conspiración, el golpe de estado difuso” (Cotarelo lo llamó así en un libro magnífico que debería ser de lectura obligada en los colegios dentro de Educación para la Ciudadanía) que llevó a Aznar al poder. Que España sustituyera en las urnas a González por Aznar demuestra que la democracia, con ser el mejor sistema de los posibles, dista mucho de ser perfecto.

Pero en la prensa de lo único que se habla estos días al respecto de la entrevista es del asunto ese de que Felipe tuvo la oportunidad de volar por los aires a la cúpula de ETA, que decidió no hacerlo, y que todavía hoy duda de que acertara en tal decisión a la vista de los asesinatos que después perpetraron aquellos carniceros. Esta miopía de análisis demuestra en qué manos siguen estando los medios de comunicación. Cuando “el golpe de estado difuso”, reinaba en el periodismo español una asociación llamada AEPI, a la que con acierto(creo recordar que fue Miguel Ángel Aguilar) definieron los periodistas decentes como “el sindicato del crimen”. La presidía el sobrevalorado novelista Camilo José Cela y la dirigían conspicuos plumillas resentidos contra PRISA, entre otros muchos  Pedrojota, Pablo Sebastián, José María García, Jaime Campmany y, sobre todo, Luis María Anson, que años después desenmascaró en un tardío examen de conciencia a aquel grupito de conspiradores de cafetería cara, y se confesó personalmente avergonzado por su conducta “golpista difusa”. Ellos orquestaron la vertiente mediática del “caso GAL”, y manejaron además hábilmente las ansias de protagonismo público de determinados miembros de la carrera judicial y el ministerio público, la mayoría de ellos apartados hoy de la misma, unos a instancias de sentencias judiciales condenatorias, otros por decisión propia ante su futuro incierto en una judicatura o en una carrera como fiscales por las que nunca sintieron el más mínimo respeto.

Felipe pasó entonces a ser para los medios controlados por los “golpistas difusos” (todos excepto los de Polanco) tan sólo “la X de los GAL”, invento de la AEPI para personalizar en Felipe el terrorismo de estado. Y como ningún ciudadano sentía empatía alguna por los etarras presuntamente combatidos por aquel GAL, el “sindicato” hubo de rizar el rizo buscando implicaciones dinerarias que ante el público convirtieran a los gobernantes socialistas en ladrones, lo único suficientemente fuerte como para inclinar la balanza en unas elecciones a favor del intrascendente Aznar. Y el único ámbito en que podían hacerlo impunemente era aquél en el que nunca puede haber pruebas, y en el que los acusados nunca podrían defenderse sin poner en riesgo la misma esencia del Estado al que servían: los fondos reservados.

Los “golpistas difusos” consiguieron su objetivo. Los gobiernos de Felipe eran los que habían establecido las cuarenta horas semanales de jornada máxima y los treinta días de vacaciones anuales; la sanidad pública universal; la gratuidad de la enseñanza; la presunción de inocencia y el “habeas corpus”; la generalización de los tributos; los relojes de fichar en la administración pública (y los “días de asuntos propios” para compensar tamaña afrenta); el protocolo de adhesión a las Comunidades Europeas; el Estatuto de los Trabajadores; la sumisión del ejército al poder civil; las televisiones privadas; la reconversión industrial; el seguro de desempleo; los primeros acuerdos con Francia en lucha antiterrorista… Pero para los votantes de 1996, todo eso ya daba igual. Se habñian tragado la píldora “golpista difusa” de que lo único que distinguía la labor de Felipe al frente de sus sucesivos gobiernos era ser el jefe de Vera y Barrionuevo, ser, en fin, la dichosa e incierta “X de los GAL”.  Y no ganó las elecciones. El “sindicato del crimen” sí ganó, así, su batalla.

Los restos patéticos del naufragio de aquella AEPI claman ahora como muertos vivientes extrayendo de nuevo de la entrevista de Millás ese papel de Felipe como “X de los GAL”. Pasan de largo por el resto del certero análisis del mundo actual que desarrolla el expresidente en sus declaraciones. Y aspiran a reeditar viejos éxitos adjudicando a Rubalcaba un papel relevante en el presunto terrorismo de Estado de aquellos años, un papel a todas luces imposible de desempeñar por alguien que por entonces vivió consagrado al ministerio de educación en sus sucesivas advocaciones y ajeno a los entresijos de la lucha antiterrorista. Pero la verdad no les importa. Sólo les importa la victoria, recuperar el poder, sin duda para ser ellos quienes, tal como hicieron en el 96, pongan el Estado a los pies de los oscuros intereses privados que sustentan, contra la lógica del progreso, a sus empresas ruinosas y retrógradas.

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3 respuestas a Felipe y los muertos vivientes

  1. Adrian Vogel dijo:

    Rubalcaba ni siquiera era Ministro durante los años del GAL (los 80): fue Ministro de Educación en el 92/93, y de la Presidencia y portavoz del 93 al 96… Hay muchos aspectos de la entrevista a FG que no me gustaron: contar que aun duda si acertó con la decisión de no volar a la cúpula de ETA, me parece un chantaje emocional a los españoles (y añado que vista la poca eficacia del GAL es bastante dudoso que llevaran a cabo debidamente su misión); y como pasa por encima de la corrupción me parece de una frivolidad tremenda (como hizo en su día). Por lo demás tanto a González como a Suarez el paso del tiempo los engrandece.

  2. Arnau dijo:

    Joder, lo ves como a partir de ahora serás referencia para mí. Tú sí que has desenmascarado a la caverna real. Y no Laporta.

    Gran artículo, Antonio, con ese vigoroso toque irónico que tanto me gusta.

  3. Sí Adrián, seguimos a la espera de algún político de peso como los de la transición, que eche una mano para reorientar este caos, y no para acrecentarlo. De lo contrario se nos va a colar un Mesías -quiero decir “un Meshiash”- y va a ser peor.
    Gracias por tu elogio Arnau. Algo inmerecido en todo caso, porque es demasiada la caverna que tenemos que desenmascarar entre todos. Como dijo el clásico, “ars longa, vita brevis”.

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