Kaspar Hauser 2010 (Arroyo de San Serván, Badajoz)

Kaspar Hauser en un grabado de la época

Rayando la mañana del 26 de mayo de 1828 apareció en una plaza de Núremberg un joven de unos diecisiete años desconocido en la ciudad, sucio, malvestido, herido y asustado. Apenas sabía hablar. Portaba una carta escrita por una mano misteriosa dirigida a un capitán del ejército en la que se le identificaba con el nombre que a partir de entonces le haría célebre: Kaspar Hauser. Tocados sus habitantes tanto por la curiosidad como por la compasión, la ciudad se movilizó de inmediato ante tan insólita presencia. Quienes le encontraron no dudaron en llevarle a la comisaría pidiendo el apoyo de las instituciones para el joven desconocido. El juez se personó en las dependencias y junto con las fuerzas vivas de la ciudad, burgomaestre, párrocos, un médico y funcionarios diversos, tomó la decisión de poner al joven bajo la protección de Anselm von Feuerbach, el más reputado jurista y criminólogo del país, quien asumió la responsabilidad del cuidado del joven convirtiéndose en su tutor y responsable legal. No tardó Feuerbach en sospechar el origen aristocrático del muchacho, que bajo su protección aprendió en un plazo cortísimo –se dice que seis semanas- a leer y a escribir, esto último incluso en modo especular como Leonardo de Vinci, es decir, para ser leído con ayuda de un espejo. Se dice que utilizó este sistema para desvelar los datos que recordaba relativos a su origen y, finalmente, a los repetidos atentados que precedieron a su muerte, inicialmente atribuida a un suicidio y años después comprobada como un asesinato.

Sorprende el contraste de esta conocida historia producida en la primera mitad del siglo XIX en Núremberg, a la sazón ciudad de 37.000 habitantes, con los sucesos producidos hace escasos días en la localidad de Arroyo de San Serván, Badajoz, 4.000 habitantes. Allí apareció una niña de catorce años no sola, sino confundida entre la numerosa colonia rumana asentada en la localidad y viviendo en su seno. Catorce años tenía la niña pero aparentaba menos, y su belleza era suficientemente notoria como para llamar la atención de casi todos los que la vieron, que de inmediato la identificaron como nueva en la localidad. O cabria mejor decir “los que dicen que la vieron”, ya que todos se refieren con admiración a sus ojos azules y su cabello moreno, pero salvo algún despistado que afirma haberla visto ir a la compra, la mayoría afirma paradójicamente que sólo salía de noche y que pasaba el día en casa encerrada. Y esto es lo más probable pues parece haberse demostrado –el sumario es secreto, como casi todos últimamente- que la niña estaba secuestrada y estaba siendo prostituída por un presunto novio que le salió rana. Todo indica que –presuntamente por supuesto, no vaya a ser- parte de las fuerzas vivas locales, es decir, algún concejal, el juez de paz, y varios agricultores y empresarios agrarios, lejos de investigar su origen como hicieron en su día en Núremberg con Kaspar Hauser, se limitaron al parecer a constatar la disponibilidad sexual de la niña y apalabrar un precio con su chulo. Nadie llamó, pues, a ningún Von Feuerbach.

Chamizo donde presuntamente se prostituía a la niña. (Foto La Razón)

Es curioso que uno de los mal llamados clientes –hay quien dice que dos- se suicidó al descubrir, a través de la juez que le imputó por pederasta, que la niña no era una anónima y desventurada rumana, sino española y de familia pudiente afincada en uno de los barrios más caros de Madrid, quizá también aristocrática como la de Kaspar. Habían denunciado la desaparición de la adolescente, reiterada escapista de casa, hacía algunos meses. Como hubiera dicho Hannibal Lecter, el mundo no será peor sin esos suicidas dentro. Lo malo es que no estaban solos en esto. Alguien dijo que líbrenos dios de la mala gente que delinque, pero sobre todo de la buena gente que lo calla.

Y es que, a la vista de las reacciones de Núremberg en 1828 y de Arroyo de San Serván en 2010, parece que ese mismo mundo sí evoluciona para peor en lo que al trato al desconocido o al extranjero se refiere. Se anuncia por parte de alguna prensa un culebrón mediático acerca de la identidad de la niña y del número de contactos sexuales que mantuvo en el pueblo, que se desvela creciente exponencialmente a medida que evoluciona la investigación policial. De momento, el policía local que heroicamente rescató a la niña ha sido llamado a declarar ante el juez y se supone que abroncado por sus superiores por haber “hablado de más” ante la prensa. Este sí que es un culebrón, el culebrón eterno de la llamada justicia española: búsqueda errática de culpables y bronca judicial implacable al que menos culpa tiene -esta vez al funcionario que resolvió el caso y liberó a la niña-. Falta el resultado más habitual: castigo ejemplar a los inocentes. (Pero eso, como diría el bodeguero de Irma la Dulce, es otra historia).

Esperemos que al final la chavala no tenga también que recurrir a un espejo para intentar sobrevivir a su relato de lo sucedido y, si es así, que tenga más éxito en el empeño que Kaspar Hauser. Y que se siga manteniendo su identidad en secreto como ha hecho hasta ahora el policía local. Son catorce años nada más, tiene todo el tiempo del mundo para reconstruir su vida.

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3 respuestas a Kaspar Hauser 2010 (Arroyo de San Serván, Badajoz)

  1. Arnau dijo:

    Magnífica y desgarradora reflexión, Antonio. Y mejor contada. De perlas, y no precisamente de ostras, en estos presuntos días de recogimiento familiar.

  2. Adrian Vogel dijo:

    Escabroso asunto. Y coincido con el comentario de Arnau.

  3. Gracias a los dos por vuestro comentario, marqueses. No puedo dejar de preguntarme cuál hubiera sido hoy el estado de la cuestión si la niña hubiera resultado ser una inmigrante, tal como sus “clientes” decían pensar. Pero me lo supongo, y me dan escalofríos de vergüenza patria.

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