En torno a Brahms y “Un Réquiem Alemán”

Tintoretto. "La reina de Saba y Salomón" (ca.1555)

El reciente fallecimiento de una familiar muy cercana y querida por mí ha vuelto a poner al alcance de mis oídos aquella famosa cita del Libro de la Sabiduría de Salomón: “Las almas de los justos están en manos de dios, y ningún tormento puede alcanzarlas”. Probablemente se trate de la frase bíblica que con más ardor deseamos sea cierta tanto los creyentes como los no creyentes, estos últimos basados en un criterio extensivo de a qué se
puede llamar alma. Y quizá sea por eso por lo que no falta en ningún sermón fúnebre, responso ni funeral, al menos de los que yo he asistido hasta donde me llega la memoria.

Como mi santoral personal es reducido, los estímulos de la vida siempre llevan mis pensamientos a los mismos santos. Y esta cita concreta siempre me ha llevado, cómo no, a Johannes Brahms. Más concretamente al número 3 de su Réquiem Alemán. Y se me ha ocurrido que sería un buen homenaje al recuerdo de ese ser por mí tan querido y que nos acaba de dejar, dedicar a su memoria una entrada de mi blog en la que cuente lo que deslavazadamente sé de ese pasaje concreto de esa concreta obra, en la esperanza de que el dolor que siento mientras escribo, al compartirlo con mis lectores, sea menos intenso.

LA FRASE BÍBLICA

Al parecer la frase esta de “las almas de los justos…” no está aceptada como verdaderamente atribuible al rey Salomón por parte de todas las confesiones religiosas que veneran la Biblia como su sagrada escritura. No la oiremos, por ejemplo, en las liturgias judaicas, cuyos más ortodoxos doctores niegan autenticidad “salomónica” al libro del que se extrae. Pero las confesiones más fértiles desde la perspectiva musical que a mí me interesa, es decir, la católica y la luterana, sí la incluyen desde hace centurias en sus
ediciones de la Biblia, algo que por fortuna permitió que a mediados del siglo XIX llegase a conocimiento de Brahms. Forma parte la frase de un pasaje algo teatral del Libro de la Sabiduría en el que el rey poeta inventa una suerte de diálogo entre los pensamientos de alguien que cree en dios y los de un ateo. Huelga decir que es en las reflexiones del primero en las que encontramos la afirmación que sostiene esa frase como verdad incontrovertible, una poética manera de describir los dogmas del juicio final y de la resurrección de los muertos.

LA OBRA

Johannes Brahms (1833-1897)

Allá por los años setenta del siglo pasado, en uno de los ensayos de la orquesta de RTVE que dirigía los sábados Odón Alonso en el que yo estaba presente –era mi primer contacto con esta obra-, el llorado maestro hacía hincapié en que al referirnos todos a la partitura de este réquiem como simplemente “el réquiem de Brahms”, estábamos ya dejando pasar una importante pista sobre el significado de la obra. Enfatizaba Alonso el hecho de que Brahms la tituló “Un Réquiem Alemán, sobre textos de las Sagradas Escrituras” (“Ein
deutsches Requiem, nach Worten der heiligen Schrift”). No se trataba, pues, del réquiem tal como lo establecían las normas litúrgicas imperantes, con su estricta conformación de “Réquiem”, “Kyrie”, “Dies irae”, etcétera, sino que era más bien un réquiem, una reflexión personal sobre la muerte y, también, sobre el significado profundo de la vida, hecha por un alemán en lengua alemana y a partir de los textos sagrados de la biblia de Lutero, que Brahms conocía bien aunque distaba de ser un practicante estricto. Y dejaba así declarado ya desde el título que su réquiem era uno también en el sentido de uno cualquiera (“Ein”), como dando a entender que podría haber más, casi invitando a que cada uno montase, cual si de un rompecabezas de reflexiones bíblicas se tratase, su propio réquiem extrayendo citas del texto sagrado  a la medida de su sensibilidad, construyendo así un retablo de la particular percepción que cada uno tenemos sobre lo que significan la vida y la muerte.

El Réquiem acompañó inacabado a Brahms durante uno de los periodos más creativos y fértiles de su vida sin que el maestro acabase de sentirlo como una obra terminada. La primera referencia al mismo la relacionan algunos de sus biógrafos con los años de internamiento y posterior muerte de su amigo y mentor Robert Schumann entre 1854 y 1856, peripecia vital que tanto impactó y marcó a un Brahms que contaba por entonces alrededor de 23 años. De hecho, esos mismos biógrafos consideran que los materiales sonoros del segundo movimiento del Réquiem (“Denn alles Fleisch…”) estaban originalmente destinados a constituir el segundo movimiento de su concierto para piano en re menor, opus 15. Por fortuna para los devotos del maestro hamburgués, a última hora decidió éste reservar aquel material y sustituir dicho movimiento por el adagio en modo mayor que hoy conocemos en el concierto citado, una de las páginas trascendentales de la música de Brahms y de toda la historia de la música. Y muy mal comprendida, por cierto, en su estreno en Hannover en 1859.

Christiane Brahms (1789-1865, de soltera Nissen), hacia 1862

Para cuando en 1865 muere Christiane Brahms, su madre, el maestro ya tiene avanzados los tres primeros movimientos de los siete que habrían de conformar años después el Réquiem Alemán terminado. Es en ese año cuando se decide a completar la obra  en todo su sentido y cuando decide cuál será su forma final. Es también en ese año cuando por primera vez cita la obra en sendas cartas dirigidas a Clara y, posteriormente, a su gran
amigo el violinista Joseph Joachim. El conocimiento por parte de éste de la existencia de la partitura, que Brahms había pensado se estrenara en la catedral de la luterana Bremen, precipita una suerte de pre-estreno en la católica Viena en su estado de entonces, con sólo tres movimientos apenas terminados, el 1 de diciembre de 1867 bajo la dirección del impetuoso Johann Herbeck, por entonces director musical de la vienesa Sociedad de Amigos de la Música. La fría e incluso hostil acogida por un lado reafirmó a Brahms en la convicción de estrenar la obra en una ciudad de cultura luterana y, por otro, le sirvió
para tomar nota de algunas mejoras a introducir en la partitura.

El estreno en la catedral de Bremen dirigido por el propio Brahms se produjo el Viernes Santo de 1868 (10 de abril) con su amigo el barítono Julius Stockhausen como voz solista. Fue probablemente el mayor de los éxitos que Brahms experimentó en vida. Sin embargo la obra todavía no contaba con el que hoy conocemos como número 5, para voz de soprano y dirigido muy especialmente a la memoria de su madre Christiane. Todavía hubo que esperar a septiembre de 1868 en Zurich para escuchar dicho número en una sesión privada en el Tonhalle, y hasta febrero de 1869 para escuchar la obra completa con los siete movimientos que hoy conocemos, estreno que se produjo en Leipzig con el coro y la orquesta de la Gewandhaus dirigidos por Karl Reinecke.

EL NÚMERO 3 DE “UN RÉQUIEM ALEMÁN”

Para la posteridad este número estará siempre ligado al error de lectura del timbalero que participó en el pre-estreno en Viena de 1867 al que más arriba me refería. Al parecer –Nancy Thuleen, 1998– una anotación que Brahms pretendía como “pf” (“piu forte”, una marca del crescendo) fue interpretada por el instrumentista como “ff” (“fortíssimo”), lo que destrozó el sentido y la acústica de precisamente ese formidable fragmento final que
incluye la frase “Las almas de los justos están en las manos de Dios…” (“Der Gerechten Seelen sind in Gottes Hand…”) que ha dado lugar a este largo post, un coro fugado protagonizado por la estremecedora presencia continua de un pedal en re mayor.

El movimiento queda a mi juicio –hay otras sensibilidades al respecto- estructurado en cuatro partes bien diferenciadas por el texto cantado. La primera sería “Señor, permíteme saber que he de tener un final” (“Herr, lehre doch mir dass ein Ende mit mir haben muss”); la segunda (minuto 04:30) sería la preciosa página “Oh, qué necio es el género humano” (“Ach, wie gar nicht sind alle Menschen”). Ambas secciones consisten en una exposición de la frase por parte del barítono solista seguidas por la respuesta del coro repitiendo la misma frase armonizada a cuatro voces. Un servidor concede el grado de tercera parte al lamento desesperado del solista (06:23) “Ahora, Señor, ¿cómo encontraré consuelo?” (“Nun, Herr, wess soll ich mich trösten?”) seguido igualmente de la repetición fugada por el coro, pregunta cuya respuesta halla el oyente en el pasaje de sonoridad angelical inmediatamente acometido por el coro (07:27), ya retirado el solista a su asiento: “Espero en ti” (“Ich hoffe auf dich”). Y es entonces cuando tras las fanfarrias de la sección de metal aparece (08:08), con su pedal en re, sus timbales y su famoso crescendo, el coro “Las almas de los justos están en manos de dios, y ningún tormento puede alcanzarlas” (“Der Gerechten Seelen sind in Gottes Hand und keine Qual rühret sie ahn”).

Ojalá sea verdad.

Versión del video: Bryn Terfel, bajo; Berliner Philharmoniker; Claudio Abbado, director (1997)

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6 respuestas a En torno a Brahms y “Un Réquiem Alemán”

  1. pfpapilar dijo:

    querido Antonio, quiero acompañarte en este precioso homenaje y en tu sentimiento,…las almas de los seres queridos quedan vivas en nuestros recuerdo, y allí tampoco ningún tormento puede alcanzarlas…
    un gran abrazo, pilar

    • Gracias Pilar, entre pitos y flautas me ha costado más de una semana terminar esta entrada, lo que ha dejado tiempo para que las emociones vayan ya situándose donde deben. Otro abrazo para ti.

  2. Adrian Vogel dijo:

    Prefiero el término “espíritu” al de “alma”. Me parece más apropiado para el rastro y las emociones que provocan las personas que nos dejan.

    Un abrazo muy fuerte para ambos.

  3. Arnau dijo:

    Preciosa entrada que te dignifica. Si cabe.

    Una abraçada.

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