Cantata BWV 55: los recuerdos de infancia de Bach

La obra para órgano que se puede oír al pinchar el vídeo de arriba son las variaciones que escribió Johann Pachelbel (Núremberg, 1653-1706) sobre el himno de Johann Schop “El Viejo” (1590?- 1667?) “Werde munter mein Gemüte” (“Mantente alerta, mi espíritu”). Esta música formaba parte, probablemente, de las primeras impresiones musicales impregnadas en el cerebro de aquel niño de Eisenach llamado Johann Sebastian Bach. Pachelbel era amigo de su padre, Ambrosius Bach, trompetista del concejo de la localidad además de buen violinista. No sería extraño que aquella amistad fuera determinante para que Pachelbel aceptara como alumno de órgano al hijo mayor de Ambrosius, Johann Christoph (1671-1721), quien no tardaría en corresponder a aquella confianza convirtiéndose en un excelente organista, profesión que desempeñó como titular en la cercana localidad de Ohrdruf, adonde se dice peregrinaban músicos de todo el país por tan sólo tener el placer de oírle.

Ambrosius y su esposa, Elisabetha, fallecieron con una diferencia de nueve meses, quedando huérfano de padre y madre casi de repente, pues, Johann Sebastian a la temprana edad de diez años. Su hermano Johann Christoph lo acogió en Ohrdruf y le desveló los secretos del contrapunto y de la interpretación al órgano durante los cinco años durante los que convivió con él. Llegado a los quince años, Johann Sebastian debía de ser un joven monstruito de desproporcionados conocimientos musicales y habilidad en los teclados, y con suficiente resolución en lo personal como para abandonar el hogar de su hermano y, acompañando a su amigo Georg Erdmann –cual unos Tom Sawyer y Huckleberry Finn “avant la lettre”-, echarse a los caminos y llegar hasta la lejanísima Lüneberg (casi en Hamburgo), conocer –quizá incluso tocar- el por entonces mundialmente famoso órgano de su Johanneskirche, una maravilla de la tecnología de la época, y confirmar, para felicidad nuestra siglos después, que ésa y no otra habría de ser la dedicación de su vida: la música.

Cuando en 1726 Bach estrenó en Leipzig su cantata BWV 55 “Ich armer Mensch, ich Sündenknecht” (“Débil de mí, esclavo del pecado”) para el 22º domingo después de la trinidad que es el que corresponde a la fecha de hoy, sin duda revoloteaba por su cabeza el recuerdo de aquellos años de infancia pasados en casa de su hermano Johann Christoph, entre lecciones de música y prácticas al órgano. Y a buen seguro resonaban aquellas invenciones de Pachelbel. Y así, esta cantata para solista, la única de todas las suyas escrita para la voz de tenor, concluye sin embargo con un coral a cuatro voces que armoniza el himno de Schop con un estilo que recuerda a las variaciones de Pachelbel con las que he comenzado mi comentario de hoy. Si el visitante de este post pincha el siguiente vídeo después de haber escuchado aquél aun parcialmente, lo podrá comprobar de inmediato.

Es este coral conclusivo el único que retoma el texto escrito por Johann Rist para este himno. El resto de la cantata 55 se basa en textos de libretista desconocido relativos al pecado y el arrepentimiento. Además del tenor solista, que afronta dos recitativos y dos arias antes de llegar al mencionado coral –no es una cantata muy extensa-, Bach pone en juego unos efectivos instrumentales también muy austeros, con tan sólo dos violines y dos oboes además del bajo continuo, a los que añade una flauta travesera en el primer aria.

Tanto este aria como la número tres, sin ser de especial espectacularidad, sí suponen un desafío técnico y musical suficiente como para haber llamado la atención de los tenores modernos, incluso de algunos poco frecuentes en el género oratorio como es el caso de mi idolatrado Nicolai Gedda, uno de los grandes de verdad, grandioso en todos los géneros que visitó durante su vida activa. La ilustración musical con la que finalizo mi comentario de hoy no ofrece documentación sobre sus intérpretes, pero apostaría a que se trata de la voz inconfundible de Peter Schreier, otro de los muy grandes del género, en una de la tres grabaciones clásicas de esta cantata que podemos encontrar en su dilatado repertorio discográfico –una de ellas dirigiendo al tiempo que cantaba-, pero confieso que no soy capaz de identificar cuál de ellas es. Disfrutemos de este tenor mítico en los tres primeros numeros de una de sus obras favoritas, con la que, por cierto, casi hemos terminado de recorrer en esta serie dominical, sin habérmelo propuesto de manera consciente, el recorrido por las cantatas para voces solistas de Johann Sebastian Bach.

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6 respuestas a Cantata BWV 55: los recuerdos de infancia de Bach

  1. Adrian Vogel dijo:

    ¡Qué bueno hoy triple dosis! Una pieza musical por cada gol del Madrid en Valencia. Voy todavía por la primera. Luego tengo que salir (como los ayer rojos que llegaron 0-1 al descanso). Y reanudaré la escucha después de votar (las tanganas que inició ALbelda)…

  2. pilar dijo:

    bueno, a mi me ha faltado una dosis, -que yo soy culé- pero ese bellezón de aria que nos has colgado vale por dos…
    sensacional siempre, antonio,

    gracias

  3. Adrián, si dices en la misma frase “tangana” y “Valencia”, no hace falta precisar que el origen es Albelda, “who else”?
    Pilar, fue pensando en los culés que puse un vídeo -el último- con dos arias, así todos quedáis contentos (yo soy merengue pero el márketing es el márketing, y si no que se lo digan a don Floren…).

    Gracias a los dos por participar.

  4. Arnau dijo:

    Hoy he acostado tarde a mi hija. Tú, y Bach, sois los culpables. Tómatelo como un cumplido, el error es mío por ir a deshoras.

    PD: Por cierto, cada vez me cae mejor Pilar. Tiene buen gusto, y no sólo por ser aficionada a este encantador blog.

  5. Coño, se me llena el blog de culés. ¿Se equivocaría conmigo la cigüeña?
    Arnau, lleva ya a esa niña al conservatorio, estás tardando. Saludos.

  6. Arnau dijo:

    “Arnau, lleva ya a esa niña al conservatorio, estás tardando.”

    Tal vez me he expresado mal, Antonio. Era yo quien estaba escuchando y leyendo, a deshoras, la música y el texto de tu entrada. Mi hija, preciosa y culé toda ella, aguardaba, en compañía de Bob esponja, repantigada en el sofá.

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