BWV 144. La difícil pervivencia de las cantatas de Bach

Gustav Leonhardt

La BWV 144 es un símbolo vivo de toda la problemática que acompaña en lo musical a este corpus tan mayoritariamente desconocido que constituyen las cantatas de iglesia de Johann Sebastian Bach. Para empezar, autoridades tan importantes en la musicología bachiana como Hoffman o nada menos que Schmieder –el creador del propio catálogo BWV- ponen sutilmente en duda la autenticidad de su autoría, fundamentalmente debido a las características de la copia manuscrita que ha llegado hasta nuestros días, con notaciones y firma heterodoxas dentro de la caligrafía musical del maestro. Sólo el hecho de que ponerse estupendo en ese terreno caligráfico musical llevaría, quizá, a poner en duda muchas de las autorías de los primeros años de Bach en Leipzig, al menos hasta 1727, lo que equivaldría a demoler su ADN musical, no ha decidido a los sabios a clasificar esas cantatas, la 144 entre ellas, como “apócrifas” o falsamente atribuidas a Bach [siglas Anh. después del número de catálogo]. La necesidad que el maestro tuvo de reciclar gran parte de la música que traía en el baúl –partituras dormidas desde Köthen, Weimar e incluso desde Mülhausen- para cumplimentar desde su minuto uno en Leipzig la exigencia de una cantata por semana a la que se había comprometido, justifica sin duda ese cierto desorden en sus manuscritos de aquél periodo.

Otra de las grandes carencias comunes a la mayoría de las cantatas que se materializa en la 144, es que no hay evidencias de cuándo después de aquel 6 de febrero de 1724, domingo de septuagésima igual que hoy, volvió a ser interpretada en vida de Bach. Y sobrepasada la misma, el hecho de que las primeras ediciones impresas de la partitura completa (Joseph y Franz Hauser, Anton Werner) no vieran la luz hasta bien entrado el segundo tercio del siglo XIX indica el carácter casi hermético de su conocimiento público y, con él, de la adaptación de su estética a los usos musicales vigentes en aquél siglo de oro de la música.

Y teniendo en cuenta la manera como suelen terminar las obras musicales de éxito desde el clasicismo, de algún modo siempre con una cuarta justa ascendente al modo de “chim-pón” u otro efecto triunfal equivalente, la verdad es que el final de las cantatas, con un coral a menudo cantado pianísimo y también a menudo –no es el caso, esta vez no, de la 144- dejando incluso la última nota suspendida sin resolver el acorde, no ayuda al aplauso, con lo que eso supone para el artista de negarle su principal estímulo (descartada la paga).

A mí, con toda humildad, no me cabe duda de la autoría bachiana de esta cantata 144 “Nimm was dein ist, und gehe in” (“Toma lo que es tuyo y vete”), sobre libreto anónimo acerca de la escena descrita en el evangelio de Mateo de los trabajadores de la viña. Tampoco lo dudó Carl Philip Emmanuel Bach, el hijo del maestro, a quien hemos de agradecer varias copias manuscritas de la cantata supervivientes hasta nuestros días. La estructura de la obra se ajusta a la ortodoxia del compositor en la época, con seis movimientos que se inician con un brillante coro y finalizan con un recogido coral, esta vez una reelaboración más del sempiterno “Was mein Gott will das ‘gschee allzeit” (“Lo que dios quiera, eso habrá de ser”) que Bach adoraba, con su texto del margrave Alberto de Brandenburgo-Ansbach y su cantus firmus tomado de una canción galante, “Ça me suffit”, de Claudin de Sermissy.

Para romper con la habitual presencia de los coros iniciales en este blog, he elegido como ilustración un registro de los dos últimos movimientos, que incluyen el precioso aria para soprano “Genügsamkeit ist ein Schatz in diesem Leben” (“Conformarse es un tesoro en esta vida”) y el coral conclusivo del que hablaba más arriba. Atención al precioso diálogo entre la voz y el oboe d’amore que podemos disfrutar en el aria. Obviamente, para encontrar una interpretación de esta cantata hay que recurrir a los incondicionales de siempre y sus ciclópeos proyectos de grabación integral. Hoy vuelve a ser la integral de Teldec de los años 1980, esta vez con Leonhardt a la batuta y el niño cantor de Hannover  Ansgar Pfeiffer como soprano.

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