“Bach er lebt”: una velada con la impactante Bach Stiftung de St Gallen

Vista de la abadía de St. Gallen

Lo de menos es el marco natural en el que se desarrolla la interpretación de las cantatas. Es lo de menos, pero es inolvidable. El “Trogenbahn”, el tranvía que se dirige a Trogen desde St.Gallen, parte de su andén con puntualidad suiza y comienza a callejear por las afueras de la ciudad para buscar una escarpada pendiente que no dejará de ondular hacia el sudeste hasta que lleguemos a nuestro destino. Media hora corta de trayecto que será testigo, sobre todo, de la subida y bajada de escolares al trenecito, acarreando a la vez libros de texto y tablas de nieve. A la derecha de repente, entre los coquetos bloques de casas, se abre paso un telesilla que asciende por la ladera. Vaya usted a saber qué cumbres y pistas le esperan, nevado ya todo a estas alturas de enero. Superado el pueblecito de Speicher, la ladera desciende a la izquierda del tranvía -es decir, más o menos hacia el norte- y no tarda en dibujarse, al fondo pero cercana, la orilla del lago Constanza y los bosques que lo circundan blanqueados por la nieve. La respiración se corta ante el panorama grandioso. Uno no puede dejar de pensar que hace veinte minutos disfrutábamos del sosiego hospitalario de un salón de té en la civilizada ciudad de St. Gallen, uno de esos locales que tanto abundan por Suiza en los que se elige un dulce en el mostrador de la entrada y se degusta en el salón del fondo acompañado de una bebida caliente. Por supuesto, abrigos, bolsos, paraguas y otra impedimenta se habían dejado tranquilamente en un perchero junto a la puerta y nos hemos olvidado de ellos. Nadie nos los iba a quitar, allí es inconcebible. Y sólo veinte minutos después y a base de un transporte colectivo ligero y limpio, estamos admirando casi desde el cielo uno de los paisajes más bellos del continente, esa masa de agua en la que Austria, Alemania y Suiza vierten su deshielo y su historia, allí mismo donde, dicen algunos, nacieron las lenguas germánicas.

Y llegamos a Trogen. A poco más de cien metros del andén, una placita de planta triangular es ocupada en dos de sus lados, respectivamente, por la iglesia luterana del siglo XVIII donde tendrá lugar el concierto y por un hotel de cuento con fachada de madera labrada, el Krone, aparentemente tan antiguo como el templo y tan primorosamente mantenido como éste, cuyo interior alberga un bar poco evidente desde fuera. Le preguntamos a un viandante que procede del templo si sabe dónde se puede tomar un café, y es él quien nos anima a que le sigamos a la primera planta del hotel, donde está el café. Tardé un segundo de más en darme cuenta de que quien nos daba la explicación era precisamente el barítono británico Peter Harvey, que iba a ser uno de los solistas del concierto. Una vez dentro del café no tardé en identificar por allí a algunos de los cantantes y músicos de la agrupación Schola Seconda Pratica que protagoniza todos los conciertos de la Bach Stiftung. Para alguien como yo, cantante amateur y seguidor devoto de las cantatas de Bach y de las interpretaciones de aquellos jóvenes artistas –aún más jóvenes en persona de lo que parecen en fotos y filmaciones-, la situación de compartir estancia con ellos y con parte del público a la espera del concierto mientras tomábamos un té era insólita y bastante emocionante.

Y es que lo verdaderamente importante, decía yo más arriba, no era el paisaje sino la música. La estructura de cada concierto de la Bach Stiftung obedece a un patrón fijo dividido en varias partes. La primera es un taller en el que el director artístico, Rudolf Lutz, y el pastor luterano Karl Graf repasan y desarman para el público los aspectos musical y teológico de la cantata y, sobre todo, la relación entre ambos, deconstruyendo un modelo que después armará de nuevo dentro de su cabeza el propio oyente al escuchar la cantata. En los atriles en esta ocasión figuraba la BWV 111 “Was mein Gott will das g’schee allzeit” (“Lo que Dios quiera, eso será”). Sobre los bancos del templo –numerados para la ocasión como las localidades de una sala de concierto- cada asistente encontraba un folio autógrafo de Rudolf Lutz con algunos pentagramas, apuntes de lo que serían sus posteriores comentarios musicales. Un servidor tendría, quizá, que volver a nacer para que su alemán mejorara tanto como para seguir los comentarios teológicos de Karl Graf acerca de la cantata. En cierto modo me pasaba algo parecido con los de Lutz, pero aquí el folio de apuntes y la habilidad del maestro al teclado facilitaban la tarea. Lo primero que hizo fue invitarnos a todos a entonar el himno sobre el que se basa la cantata –de Alberto de Prusia basado en una canción de Claudin de Sermissy, ha aparecido en numerosas ocasiones en este blog-, anotado en la hoja de apuntes y con el cual es de agradecer una familiarización previa, pues de ello depende en buena medida el entendimiento y el disfrute musical de la cantata. Lógicamente, los que quisimos lo cantamos y los que no, se abstuvieron.  Me alegró coincidir en general con Lutz, tan conocedor de esta música, en muchos de sus análisis de la obra. Así, él destacó la trascendencia del bajo continuo de su coro inicial, fascinante de principio a fin con su cadencia casi jazzística, o la elegancia con que el himno que da nombre a la cantata es expuesto en el mismo número por las sopranos mientras lo envuelven las armonías y contrapuntos de las otras tres voces. Y también fue excitante el análisis de la evolución del mismo cantus firmus a lo largo de los diferentes pasajes de la cantata. Pero lo que más llamó mi atención fue el hecho para mí tan novedoso cuanto evidente tras la explicación y la ilustración musical que efectuó Lutz al piano, de la estrecha relación entre esta cantata y otra, la BWV 72 “Alles nur nach Gottes willen” (“Todo según la voluntad de Dios”), escrita para el mismo domingo, el tercero de Epifanía, un año después; una relación establecida no sólo porque el coral conclusivo vuelve a ser el mismo y lleva el mismo título que la cantata 111, algo que yo ya conocía porque he cantado ambas, sino también a través de una utilización muy parecida del intervalo de cuarta justa como motor musical de ambas composiciones. ¿Visualizaba Bach a través de esta figura musical, la cuarta justa, la sumisión feliz e inevitable del hombre a los designios de Dios? Oído lo oído, quizá fuera así.

Finalizado el taller entre aplausos, tocaba cruzar de nuevo al hotel Krone a tomar un refrigerio preparado por la Fundación como bienvenida a los asistentes. Había dejado de nevar y un manto blanco separaba el templo del hotel. Una finísima bresaola del país y un excelente queso appenzeller regados con el excelente vino del cantón hicieron los honores y nos dejaron preparados para la segunda parte de la sesión: la escucha del concierto. De regreso en nuestros asientos enseguida aparecieron cantantes e instrumentistas para llevar a cabo la primera de las interpretaciones de la cantata. Y es que esta es la característica principal de los conciertos de la Bach Stiftung: se interpreta una sola cantata por sesión y se hace dos veces. Entre ambas tiene lugar una reflexión a cargo de un personaje socialmente relevante. Músicos, políticos, filósofos, científicos, profesores, economistas profesionales, en suma, de todas las ramas de la sociedad han ido pasando por la tribuna de estos conciertos para poner de manifiesto lo que Bach y la cantata interpretada representan para ellos. Se persigue que el oyente encuentre en la segunda interpretación, al hilo de esa reflexión previa, nuevas dimensiones de la obra. En esta ocasión el “ponente” fue el jurista Bernd Rüthers, profesor emérito de Derecho Civil y de Teoría del Derecho en la Universidad de Konstanz. Poco podré decir de su intervención, que casi no entendí. Maldigo mi ignorancia del alemán, algún día he de solucionarla. Lo único que tengo claro es que, tratándose de uno de los más señeros investigadores y especialistas en la historia del derecho en los países totalitarios, tema sobre el que ha publicado diversos ensayos de gran prestigio, hubiera sido interesante comentar con él alrededor del vino del intermedio sus impresiones sobre los repetidos “shows” del circo judicial español y si le evocaba algo su tufillo. Pero, como digo, no hubo lugar. Quizá fue mejor así.

De la propia interpretación destaco la excelente prestación de los solistas (el antes mencionado bajo Peter Harvey, el tenor Hans Jörg Mammel, la contralto Claude Eichenberger y la soprano Noëmi Sohn Nad, miembro del coro que interpretó maravillosamente el recitativo del número 5) que fueron un ejemplo de elegancia. La orquesta suena como un cañón, y además su textura es mucho más ligera e intima en directo que en las grabaciones, percibiéndose mejor el matiz “historicista” del sonido de sus instrumentos, muchos de ellos originales y algunos de nueva factura siguiendo viejos planos. Pero espero que anadie moleste que mi mayor entusiasmo fuese para el coro, dieciseis voces magníficas que me pusieron la carne de gallina. Si en el coro inicial estuvieron perfectos, fue especialmente su interpretación del coral conclusivo, recogida, flexible y precisa, la que me ha dejado una huella imborrable. Para mí que, incluso, se permitieron de la mano de Rudolf Lutz una sutil diferenciación entre las dos interpretaciones, con una dinámica levemente más marcada, un punto más espectacular, si es que cabe el adjetivo, en la segunda. En resumen, una interpretación inolvidable y un clamoroso éxito de todo el conjunto de la velada.

Desde la perspectiva de las semanas transcurridas no sabía yo bien entonces qué sería lo que mi mente retendría de esa tarde. Las emociones fueron muchas. Por primera vez había escuchado a los cantantes e instrumentistas del grupo Schola Seconda Pratica, el conjunto amparado por la Fundación Bach de St Gallen cuyos youtubes he pinchado –me he pinchado en vena, podría decir- desde el día en que, navegando por internet, salieron a mi encuentro. Pero, si me permiten mis visitantes de este blog, he de decir que un recuerdo tan duradero como el del concierto iba a resultar ser el crujido de unos zapatos en la nieve finalizado el concierto. Crujido de las suelas de dibujo profundo contra un manto blanco que no cesaba de depositarse sobre el pavimento de la calle. Los pasos de algunas docenas de personas que íbamos superando metros contra la ventisca y la nieve para alcanzar el andén del Trogenbahn que había de devolvernos a St Gallen. Y me vino a la cabeza que algo muy parecido debían de sentir los fieles que hace casi tres siglos regresaban a su casa tras asistir a un oficio religioso ilustrado por la música de un tal Johann Sebastian Bach. Girando la cabeza todavía se divisaba, delante de la fachada barroca del templo que acabábamos de abandonar, el remolque de la Bach Stiftung en cuyo lomo se leía con enorme tipografía la frase que constituye el lema de su proyecto: “Bach er lebt”. “Bach vive”. Mi mujer me comentó, levantando la voz para sobreponerla a la ventisca: “Desde luego, Bach vive: ningún muerto provocaría tanto esfuerzo”. No sé si será del todo certera, pero creo que fue una sugestiva reflexión final.

Ilustración: Cantata BWV 18 “Gleich wie der Regen und Schnee vom Himmel fällt” (“Igual que caen del cielo la lluvia y la nieve”). Orquesta y coro de la Bach Stiftung  de St Gallen. Solistas: Makoto Sakurada (tenor) y Dominik Wörner (bajo). Dirige: Rudolf Lutz. (Registro en directo tomado en Trogen el 9 de febrero de 2009).

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4 respuestas a “Bach er lebt”: una velada con la impactante Bach Stiftung de St Gallen

  1. Adrian Vogel dijo:

    Vaya, vaya, así nos va: observo por la hora de publicación de este post que no acudió a la manifestación del 19-F, contra la Reforma Laboral del PP!!!

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