El Último Canto Serio


Leinwandhaus-5e8ba9c5

Aquel hombre barbudo que al inicio del otoño de 1895 caminaba por las calles de Frankfurt no era tan anciano como su penoso andar anunciaba. De sus ojos azules apagados por el cansancio emanaba todavía el brillo de un ferviente deseo de vivir al que, sin embargo, su cuerpo hinchado parecía empeñarse en no hacer caso. Lo que en él de lejos se intuía como una indumentaria astrosa y una barba desaliñada, de cerca evidenciaba ser la puesta en escena de uno de esos personajes bohemios desentendidos de su corporeidad y entregados al intelecto, sin ganas de perder el tiempo combinando colores y tejidos ni atusándose bigotes o perillas; y aquella aparente piel de vagabundo curtida por el sol no era, al fin, sino la tez incipientemente amarillenta de un enfermo hepático que se negaba a reconocer serlo.

El anciano llamó sin mucha energía al portón de la casa situada en el número 32 de la elegante Myliusstraße. A la mujer en la cincuentena que le abrió la puerta la llamó calurosamente Marie y la abrazó con familiaridad. Una vez dentro el barbudo se apresuró a alcanzar la sala de estar y encontrarse con su anfitriona y amiga, celebrada pianista enferma y todavía más anciana que él, a la que felicitó por su cumpleaños y con la que iba a compartir toda la tarde allí conversando.

Sin duda en algún rincón de las almas de aquellos dos ancianos se instaló a lo largo de la tarde el presagio de que aquella iba a ser la última vez que estuvieran juntos. En la primavera siguiente Clara Schumann iba a fallecer en ese mismo caserón; Johannes Brahms le seguiría en Viena once meses después.

El genio hamburgués que llegaba a Frankfurt a encontrarse con su amiga acababa de asistir en Meiningen a un festival en el que sólo se habían interpretado obras de Bach, Beethoven y él mismo, celebrando lo que por entonces comenzaba ya a identificarse como la trilogía de las “grandes B” de la música. Semanas antes en el Tonhalle de Zurich había estado presente en la inauguración de su nueva techumbre, en la que aparecían pintados al fresco los nombres de los grandes músicos del pasado, Beethoven, Mozart,… y entre ellos como representante de los vivos el suyo propio. Si bien Brahms reconocía con generosidad aquellos homenajes halagadores, no dejaba de resultarle inquietante recibir en vida tanta gloria.

EmpfangszimmerClaraSchumanns-60c10058

Por su parte Clara, exhausta y aturdida debido a su dolorosa enfermedad, pero nunca sola gracias a la permanente asistencia de la abnegada Marie, la mayor de sus hijas, acababa de ofrecer en agosto, recogidamente  y en aquel mismo salón de su casa, el que habría de ser su último recital dirigido tan sólo a unos pocos y selectos conocidos. Interpretó las emblemáticas Davidsbündlertänze (Danzas de la “Liga de David”, Op. 6 – 1837), toda una declaración de los principios artísticos de juventud de su amado Robert, que éste basó, además, en una mazurka para piano originalmente compuesta por la propia Clara.

En mayo del año siguiente, 1896, Clara Schumann falleció. Siguiendo su expreso deseo fue sepultada en Bonn en la misma tumba que justo cuarenta años antes había recibido el cuerpo de su esposo Robert, cerca del sanatorio mental de Endenich. Hasta allí, claro está, acudió Brahms desde Viena no sin enorme esfuerzo físico, en un viaje agotador debido tanto a su precaria salud cuanto a una equivocación en los horarios de trenes que casi le impidió llegar a tiempo a las honras fúnebres. Ver el entierro de su amada amiga fue un aldabonazo para su alma, en la que inmediatamente se instaló la idea de su propia muerte.

johannes-brahms_c_1_jpg_681x349_crop_upscale_q95 clara_2338634b

Aquel mismo verano de 1896 en Viena, un Brahms de salud muy deteriorada escribía sus estremecedores Vier ernste Gesänge (“Cuatro cantos serios” para voz grave y piano, Op. 121), la última de sus músicas que vio publicada en vida. De esos cuatro últimos cantos, el que al final incluyo -sobre el texto literal de la primera epístola de San Pablo a los Corintios- es precisamente el cuarto, el muy último, el que Brahms, quería como ilustrativo epílogo a su vida.

Sin embargo y en una controvertida decisión, Fritz Simrock, el editor de Brahms al que éste legó en su testamento “cualquier partitura que a su muerte pudiera ser hallada en su domicilio”, publicó en 1902 un conjunto de obras compuestas casi al mismo tiempo que los cuatro cantos serios. Eran sus Elf Choralvorspiele (“Once preludios corales” para órgano, Op. 122 póstuma). Todo indica, pues, que durante el verano de 1896 la mente de Brahms estaba ya más preocupada por el más allá que por los afanes del mundo terrenal. Si en los cantos serios Brahms había puesto música a textos bíblicos –Eclesiastés (2), Sirácides y Corintios I-, lo que hace en sus once preludios para órgano es reinterpretar con fidelidad parcialmente algunos de los corales concebidos por su admirado JS. Bach hacía entonces unos doscientos años.

La revisión en paralelo de ambos ciclos de preludios corales, el de Brahms y el de Bach, es una tarea bella y apasionante. Si continúan fieles a este humilde y “guadianesco” blog, en las próximas entradas me esforzaré por mostrárselo.

Mientras tanto, atendamos a los postreros pensamientos de Herr Brahms mientras oímos al mítico George London en 1962 (al piano, Leo Taubmann).

 

Wenn ich mit Menschen – und mit Engelzungen redete und hätte der Liebe nicht, so wäre ich ein tönend Erz oder eine klingende Schelle. Und wenn ich weissagen könnte und wüßte alle Geheimnisse und alle Erkenntnis und hätte allen Glauben, also daß ich Berge versetzte, und hätte der Liebe nicht, so wäre ich nichts. Und wenn ich alle meine Habe den Armen gäbe und ließe meinen Leib brennen und hätte der Liebe nicht, so wäre mir’s nichts nütze.

Wir sehen jetzt durch einen Spiegel in einem dunkeln Worte, dann aber von Angesicht zu Angesichte. Jetzt erkenne ich’s stückweise; dann aber werd ich`s erkennen, gleichwie ich erkennet bin. Nun aber bleibt Glaube, Hoffnung, Liebe, diese drei; aber die Liebe ist die grösseste unter ihnen. 

[“Aunque yo hablase las lenguas humanas y angélicas, si no tengo amor, vengo a ser como metal que suena, o campana que retiñe.Y si tuviese el don de profetizar y entendiese todos los misterios y toda la ciencia, y si tuviese toda la fe de tal manera que pudiera  trasladar los montes de lugar, si no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres y entregase mi cuerpo para ser quemado, si no tengo amor, de nada me sirve.

Ahora vemos sobre un espejo oscuros retazos; mas después veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré tal como fui conocido. Ahora contamos con la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el amor es el mayor de entre ellos.

(CORINTIOS I, 13: 1-3; 12-13)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Música y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a El Último Canto Serio

  1. Javier Cordero dijo:

    Como siempre…¡¡bárbaro!!…amigo Perea

  2. Barbebleue dijo:

    Preciosa evocación de los últimos paseos de Brahms, que me llega en el momento preciso: revisando sus últimos opus para piano. Fantasías, balada, romanza, rapsodia, y en especial Intermezzi, dedicados ¡cómo no! a Clara.

    Saludos y gracias.

  3. pfp dijo:

    parece que no puede haber mejor epílogo para una vida, precioso!

    gracias Antonio¡

  4. Un abrazo, Pilar, muchas gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s