EL FACTOR TRISTEZA

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Hubo una época en que la música era considerada en occidente mucho más que un simple deleite para los oídos y el espíritu. Es la época imprecisamente limitada por los siglos V aC y alrededor del XI dC, periodo en el que se aceptaba la existencia de las siete llamadas “artes liberales” – entendamos “artes” como  disciplinas o estudios; “liberales” porque su ejercicio “estaba libre” del esfuerzo físico, al contrario que las “artes mecánicas” como la pintura, la escultura, …- y su distribución en dos grupos: quadrivium y trivium. El quadrivium era un compendio de las disciplinas de la ciencia experimental clásica: aritmética, geometría, música y astronomía; el trivium trataba de las habilidades  expositivas para el sometimiento al juicio social de los hallazgos habidos en el quadrivium; lo componían gramática, dialéctica y retórica.

LA MÚSICA NO TRIVIAL

Sin ninguna duda lo que más llama la atención al ciudadano occidental del siglo XXI es esa presencia del “hecho musical”, hoy generalmente trivializado, entre las siete disciplinas; y mucho más formando parte del quadrivium, que es como decir La Ciencia con mayúsculas. Pero ahí tuvimos a Pitágoras, creador de la matemática y uno de los cimentadores del pensamiento humano, experimentando en el terreno de la música a la búsqueda de las constantes armónicas del universo. Según nos dice la musicóloga Carmen Díaz Baruque, “…Pitágoras realizó numerosos avances en el terreno de la música… y mediante la numerología desarrolló un entendimiento de la música y la armonía que sintetizó en cuatro partes principales: Aritmética (el número en sí mis­mo), Geometría (el número en el espacio), Música (el número en el tiempo) y Astrono­mía (el número en el espacio y en el tiempo)…”. Pitágoras  juega un papel medular en la creación de la escala diatónica (es decir, esa de siete notas que estableció Guido d’Arezzo (991-c.1050) y que todos conocemos empezando en do y terminando en si). Obsesionado con las mitades, los tercios, las raíces cuadradas y las relaciones entre todos ellos, Pitágoras “hacía vibrar cuerdas”, medía su oscilación (frecuencia) y la comparaba con la que se producía al multiplicar o dividir por dos, por tres o por más la longitud de aquéllas. Así halló, por lo menos y que se sepa, los dos primeros armónicos de la escala diatónica: los intervalos de octava (relación 2:1) y de quinta justa (3:2), respectivamente. Sólo con eso, el filósofo de Samos abre camino al género humano para la creación de las monodias griegas, las antífonas bizantinas o el canto gregoriano primitivo. Ahí es nada.

MÚSICA Y AFECTOS

Pero dejemos tranquilo a Pitágoras, pues de lo contrario nos arrastrará cual sirena al proceloso terreno de las afinaciones y los temperamentos, uno de los más adictivos de la teoría musical, y perderemos el hilo. Saltemos en el tiempo a la época inmediatamente previa al periodo de la Ilustración, hacia el siglo XVII. Por entonces la escala diatónica ya estaba desarrollada, aunque no definitivamente cerrada hasta los hallazgos de Bach a través de la afinación “temperada”, prácticamente la que usamos hoy en día y quizá la mayor aportación teórica de las muchas que el maestro legó a la posteridad. La poética musical buscaba por aquel entonces dar un significado emocional a las armonías consonantes y, con ciertas excepciones e incluso prohibiciones, incorporar las disonancias a la percepción de la armonía. Los estudiosos analizaban las diversas tonalidades e intervalos entre notas buscando los “affetti” o afectos, es decir, las relaciones entre la música y las emociones. Como vemos, la música seguía siendo cosa del quadrivium, sabiduría experimental, si bien el avance de la ilustración y el razonamiento científico comenzaba a anunciar que sería por poco tiempo. Eso de la relación entre la música, los planetas y los estados de ánimo sonaba ya demasiado a religión…

EL FACTOR TRISTEZA

Ni siquiera desde nuestro engreído siglo XXI es fácil afirmar cuáles de aquellos escritos sobre música y afectos obraban en posesión de Bach. Mucho menos que  tuviera o no en su bien nutrida biblioteca uno en concreto de aquellos estudios: el “Tractatus compositionis augmentatus” (c.1657) del músico Christoph Bernhard (1628-1692). En él se describe por primera vez el “passus duriusculus” y se cita muy someramente su intervalo hermano, el “saltus duriusculus”: es precisamente éste el que yo llamo “factor tristeza” y con el que doy título al presente post. El estudioso Dietrich Bartel (“Musica Poetica, Musical-Rethorical Figures in German Baroque Music” – University of Nebraska Press, 1997), quien estudió la obra de Bernhard en profundidad, nos dice que en ella el término “saltus duriusculus” es aplicado sin más a cualquier intervalo disonante. Sin embargo, al entrar a describir la “dureza” (durius) al oído de estos intervalos –qué sería esa dureza, ¿disonancia? ¿desagrado sensorial? ¿O que, llanamente, producía desazón en quien lo escuchaba?- Bernhard pasaba a limitar la conveniencia de lo que él llamaba su “uso moderno” a dos o tres casos. Entre ellos, el primero que aparece en el Tractatus, excepcionalmente en notación musical además, es la quinta aumentada que separa ascendentemente fa sostenido de mi natural. Quizá sea por ello por lo que un servidor siempre ha visto referirse al “saltus duriusculus” como sinónimo de quinta aumentada.

Bach

Este intervalo es usado a menudo por Bach como motor interno de las obras en las que quiere expresar resignación, añoranza o incertidumbre. Aparece como gesto de arranque en numerosos movimientos de cantatas (140, 147, 55) entre los que, quizá, el caso más perceptible es el inicio de la 82 “Ich habe genug”. Perfectamente paralelo a este último caso y exactamente en la misma tonalidad (do menor), el “saltus duriusculus” es también el arranque de nada menos que “Erbarme dich…” [Ten piedad, Señor], la célebre aria para contralto de La Pasión según San Mateo. En la Pasión según San Juan lo encontramos, esta vez descendente y con un do de paso (mi bemol-do-sol), en uno de sus momentos más tristes: el resignado y sobrecogedor coro “Ruht wohl, ihr heiligen Gebeine” [Descansad, sagrados despojos, a los que ya no lloraré más; descansad y dadme a mí también el descanso. La tumba que os fue destinada y que ya no encierra pena alguna, me abre el cielo y me cierra el infierno].

A lo largo del siglo XX, la técnica musical mantiene el uso del “saltus…” con gran frecuencia para producir tristeza o añoranza, incluso en el pop. De entre los centenares de casos -por cierto, no menos evidentes que los de Bach- baste citar como botón de muestra el ejemplo de “Manhã de Carnaval”, melancólica canción de Antônio Maria (letra) y Luiz Bonfá (música) incluida en la banda sonora de “Orfeo Negro” (1959), premiadísimo film dirigido por Marcel Camus. Podemos escucharla aquí.

NO SÓLO EL TEXTO

Revisando cada uno de los ejemplos sería fácil pensar que esos textos tan tristes son lo que nos induce la sensación melancólica. Para confirmarlo o desmentirlo propongo a mis lectores la audición de una obra puramente instrumental de Bach: la Fantasía y Fuga en do menor (BWV 537). Yo percibo en la Fantasía una melancolía que casi se toca con los dedos. A ver qué les parece a ustedes.

Se trata de una composición en cuya datación los estudiosos no se ponen de acuerdo, ya que no ha llegado hasta nosotros el manuscrito  de Bach sino una copia en poder de su discípulo favorito Johann Ludwig Krebs (como “el mejor cangrejo de mi arroyo” lo definía, bromeando, el genio de Eisenach, haciendo un juego de palabras con el apellido “Krebs”, cangrejo en alemán, y su propio apellido “Bach”, arroyo).  Este hecho propicia una larga controversia entre estudiosos, ya que unos datan su verdadero origen en el primer periodo de Weimar hacia 1709, y otros lo sitúan en Leipzig más allá de 1723. Si supiéramos a ciencia cierta cuándo llegó a poder de Bach el “Tractatus…” de Bernhard la controversia podría estar resuelta en parte, ya que en la obra se da una curiosa circunstancia: la Fantasía se construye a base del “Saltus Duriusculus” mientras la Fuga lo hace en torno al “Passus duriusculus”, los dos únicos “duriusculi” que aparecen en el Tractatus. No había dicho hasta ahora que el “passus…” es una cuarta cromática ascendente, es decir, la ascensión semitono a semitono desde una nota a su cuarta justa, de sol a do, por ejemplo. A diferencia del “saltus”, esta figura no crea exactamente melancolía. Lo que sí produce, sin embargo, esa ascensión, especialmente si es repetitiva, es una cierta expectativa emocional, como si uno no estuviera seguro de cuándo va a parar de subir ni adónde le van a llevar. Un secuestro emocional en toda regla.

En el video podemos escuchar esta obra interpretada por el profesor Alessio Corti (ver bio) en el órgano de Santo Alessandro de Milán. Atención a este instrumento, copia exacta realizada por la organería DellOrto & Lanzani en 1987 sobre los planos originales del órgano que concibió Gottfried Silbermann –el organero de Bach- en 1721 para la Marienkirche de Rötha, cerca de Leipzig. Un solo manual más pedalero, creo que sólo 14 registros, un flautado de sólo 16 pies (algo menos de 6 metros) como máximo grave y todo ello dentro de un precioso y recogido mueble barroco, bastan para insuflar vida con majestuosidad a esta maravilla musical. Atención también al minuto 6 del vídeo, cuando los “ passi passus duriusculi” comienzan a venírsenos encima uno detrás de otro como queriendo robarnos la respiración. Escúchese con cuidado y moderación: es adictivo.

CRÉDITOS:
El video está tomado del canal You Tube del técnico de sonido milanés Edoardo Lambertenghi, que encierra un tesoro de interpretaciones musicales con unas tomas de sonido primorosas. Recomiendo este canal sinceramente.
La imagen de “Las siete artes liberales” de la abadesa Herrada de Landsberg (h.1130 – 1195) con la que se abre  el post, la he tomado de la revista educativa de Washington D.C. Inside Higher Ed .
El texto en español que incluyo de La Pasión según San Juan corresponde a la traducción realizada por mi admirado Saúl Botero Restrepo, disponible en Bach-Cantatas Website
El presente blog carece de animo de lucro, siendo su intención exclusivamente informativa y divulgativa. No obstante, invito a los eventuales poseedores de  derechos sobre estos recursos a usar los “comentarios” para comunicarme su posible disconformidad con su uso, en la seguridad de que será inmediatamente atendida y eliminado el objeto correspondiente.
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2 respuestas a EL FACTOR TRISTEZA

  1. pfp dijo:

    a pesar de tus explicaciones, la MÚSICA sigue siendo para mí el mayor misterio de la humanidad y sus creadores los mayores GENIOS.

    como siémpre, un placer!

    • El placer es mío, Pilar. Comparto tu opinión sobre música y genios (y espero que mi texto no transmita lo contrario) y por mi parte lo extiendo a otras manifestaciones artísticas. ¡Cuánta magia en un pentagrama, en un trazo o en la recreación de una forma en el espacio… y qué privilegio ser capaz de emocionarse con todo ello!

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