JOSÉ, MI QUERIDO JOSÉ

Brahms a los 20 (1)

 

El 30 de septiembre de 1853, el joven Johannes Brahms llamaba a la puerta de la casa en Düsseldorf del matrimonio Schumann, Clara y Robert, llevando consigo un cartapacio de difícil manejo que contenía los manuscritos de sus obras pianísticas más recientes. Abrió la hija mayor del matrimonio, Marie, de doce años –en una pirueta del destino ambos protagonistas son los mismos que más de cuarenta años después y ante otra puerta, esta vez en Frankfurt, configuran la escena que narré en otro post de esta misma serie-. La niña tardó unos segundos en recuperar el aliento ante la visión de aquel agraciado joven de 20 años que se esforzaba ante ella para evitar que el contenido de la carpeta se esparciera por el suelo: aquellos ojos azules, aquel cabello rubio que se extendía casi hasta los hombros y, sobre todo, aquellas formas corteses y un poco tímidas con que le manifestaba su deseo de hablar con su padre y mostrarle unas partituras, le habían impresionado de un modo extraño. Tras unos segundos para rehacerse, Marie alcanzó a decirle a Brahms que tendría que volver en otro momento ya que sus padres no se encontraban en casa. Al regreso de éstos, Marie les contó el episodio, del que hoy sabemos obró como preludio nada menos que de la eclosión de Brahms como compositor, para muchos el más grande de todos los tiempos. “¿Y cómo era ese joven?”, le preguntó Clara. “Era un ángel rubio”.

Todo indica que Brahms nunca fue consciente del efecto que su físico ejercía sobre las mujeres… y sobre los hombres. Y si lo fue, siempre le importó tres pepinos. Porque lo que sí es sabido es que, mientras que sus biógrafos no le atribuyen relación estable alguna –“lo de Clara Schumann” y toda su novelesca peripecia aún hoy debemos ponerlo en cuarentena-, sí contó Brahms en vida con la amistad y la admiración sincera de docenas de mujeres, la mayoría de ellas relacionadas con su absorbente y tenaz actividad artística. Incluso en su madurez, su proverbial aspecto un tanto abandonado de soltero empedernido parecía despertar en su entorno más el deseo de protección que el rechazo, algo a lo que a buen seguro su también proverbial hombría de bien contribuía.  Hoy, para celebrar San José –con retraso, siempre el maldito retraso- quiero hablar de una canción relacionada con una pareja  importante en la vida de Brahms aunque mucho menos nombrada que los Schumann: los Joachim .

El eminente director de orquesta y violinista Joseph (José) Joachim se casó en 1863 con la contralto operística Amelie Weiss (apellido artístico, el real era Schneeweiss). Ambos disfrutaban de una estrecha amistad con Brahms, quien decidió regalarles por su boda una canción que podrían interpretar los tres, Amelie a la voz, Joseph y Johannes a la viola y el piano respectivamente. Pero no llegó a tiempo de entregársela en su casamiento –otro retraso, siempre el maldito retraso- y no lo hizo hasta un año después con motivo del nacimiento del primero de sus seis hijos, que en honor a Brahms fue bautizado con el nombre de Johannes. La canción era “Geistliches Wiegenlied”, algo así como “Canción de Cuna Espiritual”.

 

El autor de su texto, Emmanuel von Geibel (1815-1884), fue un prestigiosísimo intelectual que extendió su fama como poeta y dramaturgo por toda la Alemania de su tiempo. Establecido durante algunos años en Grecia en su juventud y gran interesado en la literatura española y francesa, de las que fue traductor al alemán, ejerció largamente como profesor honorario de literatura en la Universidad de Múnich. De su “Cuaderno de Poemas Españoles” (“Spanisches Liederbuch”, Wilhelm Herz Editores, Berlín 1852), publicado conjuntamente con Paul Heyse (1830-1914, premio Nobel de literatura en 1910), extrajo Brahms el poema para convertirlo en canción, texto adaptado del “Cantarcillo de la Virgen” de nuestro Lope de Vega.

Siendo Brahms hombre de intelectualidad enciclopédica, aunque jamás presumiera de ello, no habría de ser aquélla la única fuente de inspiración del genio de Hamburgo a la hora de crear “Geistliches Wiegenlied”: aprovechando que Joachim se llamaba José, igual que el santo, Brahms incrusta en el arranque de su canción y desarrolla a lo largo de la misma el villancico popular conocidísimo en Alemania desde hacía siglos Joseph, lieber Joseph mein” (“José, mi querido José”), cuya melodía reproduce, a su vez, la arcaica liturgia gregoriana “Resonet in laudibus” (… y sí: recuerda vagamente a “Tengo una muñeca vestida de azul”).

De esta rica inspiración surge una canción que tras su aparente sencillez alberga un profundo mensaje musical. A diferencia de la tendencia general de los autores precedentes en la tradición romántica del lied, las canciones de Brahms ofrecen una intensidad camerística inusual en el género hasta entonces, con la voz entremezclándose con el acompañamiento pianístico de igual a igual, sin prioridad de uno sobre otro.  En el caso de las dos canciones Opus 91 y concretamente de “Geistliches Wiegenlied”, Brahms, a través de la presencia de la viola como “tercer instrumento”, trasciende todavía más de la estructura del género canción y propone abiertamente un trío de cámara, donde la voz es usada con carácter instrumental y el texto se convierte en una coartada bastante oculta, si bien siempre bellamente elegida.

He buceado por internet para encontrar y ofrecer una interpretación y una toma de sonido que hagan honor a estos principios camerísticos y creo haberla encontrado. Disfruten de esta visión de San José. Y quien corresponda ya sea por José, por Pepe o por padre, considérese felicitado (con retraso, siempre el maldito retraso).

Epílogo:

Veintiún  años después de la boda de sus amigos, Brahms habría de añadir como nuevo regalo para el matrimonio Joachim una segunda canción, la impresionante “Gestillte Sehnsücht” (podría traducirse como “Anhelo Acallado”, texto de Friedrich Rückert) con la misma instrumentación y, por consiguiente, la misma posibilidad de ser interpretada por los tres amigos. Pero esta vez su objetivo era intentar, hoy sabemos que sin éxito, evitar el doloroso e inminente divorcio de la pareja, al parecer originado por el continuado y mórbidamente celoso comportamiento de Joachim. Brahms tomó partido por Amelie en el conflicto familiar, lo que ensombreció durante algún tiempo la amistad entre los dos músicos, si bien Brahms logró al final, no sin denodado esfuerzo en lo que a Joachim se refiere, mantener una buena relación con ambos; y con ambos por separado continuó ofreciendo actuaciones hasta el final de sus días. El conjunto de las dos obras dedicadas a los Joachim fue publicado en 1884 como Opus 91 por el editor de Brahms Fritz Simrock, si bien en orden inverso al cronológico. Así, la canción hoy objeto de nuestra atención, “Geistliches Wiegenlied”, está catalogada como Opus 91/2

 

Créditos:

El vídeo lo he tomado del Canal YouTube Kussaschneck y corresponde a una actuación en vivo de la mezzo-soprano Marina Zviadadze en la Sala Cortot de París, acompañada al piano por Mathieu Pordoy y a la viola por Florent Brémond. El enlace al Opus 91/1 corresponde al mismo recital. En el canal citado se pueden encontrar el resto de piezas de aquella actuación y otros registros de esta excelente cantante.
El retrato de Brahms a los veinte años que encabeza el post lo he tomado del muy recomendable blog de David Burton, un informático financiero radicado en Nueva York cuyas inquietudes musicales, sociales y literarias muestran ser muy interesantes.
La imagen del matrimonio Joachim está tomada de la página en inglés de Wikipedia y, como tal, está amparada en sus derechos por la versión correspondiente de Creative Commons.
El presente blog carece de animo de lucro, siendo su intención exclusivamente informativa y divulgativa. No obstante, invito a los eventuales poseedores de  derechos sobre estos recursos a usar los “comentarios” para comunicarme su posible disconformidad con su uso, en la seguridad de que será inmediatamente atendida y eliminado el objeto correspondiente.
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4 respuestas a JOSÉ, MI QUERIDO JOSÉ

  1. JAVIER CORDERO HUECAS dijo:

    Gracias por existir…amigo.

  2. pfp dijo:

    Qué interesante! Por cierto que no conocía ese retrato angelical de Brahms! Pensaba que siempre había sido un adusto barbudo!

    • ¡Adusto, qué adjetivo más bonito, Pilar, tengo que usarlo! La verdad es que a esa edad hasta yo era angelical… bueno, quizá yo no. Lo que es seguro es que se deterioró rápido en lo físico. Pero tengo para mí, a partir de su correspondencia y de su estar continuamente preocupado por sus familiares y amigos, que debió de ser una buena persona. Gracias por comentar.

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